Fundamentos

Qué es el gaslighting político y cómo distinguirlo de la propaganda o la simple mentira

Por Daniel Sardá · Publicado el

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El gaslighting político es una forma de manipulación pública en la que un actor con poder no solo intenta convencer, ocultar o mentir, sino hacer que ciudadanos, periodistas, opositores o instituciones duden de su capacidad para reconocer hechos relativamente claros.

La palabra viene del gaslighting interpersonal: una dinámica manipulativa en la que alguien empuja a otra persona a desconfiar de su memoria, percepción o juicio. En política, el traslado del término debe hacerse con cuidado. No todo engaño gubernamental, campaña emocional o discurso falso es gaslighting político. El rasgo distintivo es más específico: erosionar la confianza del público en su propio criterio y en las fuentes que permiten contrastar la realidad.

Esa precisión importa. Si el término se usa para cualquier mentira, pierde utilidad. Si se reserva para patrones de invalidación de la percepción pública, ayuda a distinguir entre desacuerdo, propaganda, desinformación y una forma más profunda de manipulación del entorno cívico.

Qué significa gaslighting político

Una definición operativa sería esta:

Hay gaslighting político cuando actores con autoridad, influencia o control comunicacional niegan hechos verificables, reencuadran la evidencia y desacreditan sistemáticamente a quienes la señalan, de modo que el público empieza a dudar de su capacidad para distinguir entre realidad compartida, opinión y narrativa interesada.

La clave no es que exista una falsedad aislada. La clave es el patrón. Un político puede mentir sobre una cifra, exagerar un logro o esconder un error sin que eso alcance para hablar de gaslighting. El fenómeno aparece cuando la mentira se combina con una presión adicional: “si tú ves lo contrario, el problema está en ti, en tu memoria, en tu fuente o en tu incapacidad de entender”.

Por eso el gaslighting político se relaciona con la política de posverdad, pero no es exactamente lo mismo. La filósofa Natascha Rietdijk ha usado la idea de “gaslighting colectivo” para analizar retóricas de posverdad que introducen contranarrativas, desacreditan críticos y erosionan la autoconfianza epistémica de las personas. Dicho en términos más simples: el daño no consiste solo en que alguien crea una falsedad, sino en que pierda orientación sobre qué cuenta como evidencia confiable.

Este uso sigue siendo una extensión analítica, no una categoría clínica ni jurídica estable. Conviene usarlo como concepto político prudente, no como diagnóstico psicológico colectivo.

Por qué el término puede confundir

El gaslighting nació como concepto asociado a relaciones interpersonales. En ese terreno, suele implicar proximidad, dependencia emocional, repetición y una asimetría de poder que permite al manipulador controlar parte del entorno interpretativo de la otra persona. La Asociación Estadounidense de Psicología y fuentes clínicas divulgativas describen el gaslighting como una manipulación que lleva a dudar del juicio, la memoria o el sentido de realidad.

En política, la relación es distinta. No hay una pareja, familia o jefe único manipulando a una persona concreta. Hay gobiernos, partidos, campañas, medios, funcionarios, influenciadores, agencias públicas, plataformas, audiencias fragmentadas y ciudadanos con distintos niveles de información.

La analogía, por tanto, es imperfecta. Pero puede ser útil si se conserva el núcleo del concepto: una relación de poder que intenta alterar la confianza del receptor en su propia capacidad de evaluar lo que ocurre.

Esa dimensión de poder es importante. La socióloga Paige L. Sweet ha insistido en que el gaslighting no debe entenderse solo como una técnica individual, sino como una práctica que funciona mejor dentro de relaciones cargadas de desigualdad y autoridad. En política, esa asimetría puede venir del cargo público, el acceso privilegiado a información, el control de instituciones, la capacidad de repetir mensajes o la influencia sobre medios y burocracias.

Las condiciones mínimas

Para hablar con precisión de gaslighting político deberían aparecer al menos tres condiciones.

Primero, una negación o distorsión persistente de hechos contrastables. No basta una diferencia de interpretación. La controversia debe tocar algo que puede verificarse razonablemente: una cifra oficial, un documento, una declaración grabada, una secuencia de eventos, una decisión institucional o una promesa incumplida.

Segundo, un reencuadre que desplaza el problema hacia quien observa. La respuesta no es solo “eso no ocurrió”, sino “solo alguien confundido, manipulado, histérico, antipatriótico o incapaz podría creer que ocurrió”. En ese paso se cruza una frontera: el foco deja de estar en la evidencia y pasa a estar en la supuesta falla del ciudadano, periodista o institución que pregunta.

Tercero, un ataque al ecosistema de verificación. El actor no se limita a negar un dato; también desacredita de forma generalizada a tribunales, prensa, organismos técnicos, expertos, archivos, estadísticas, observadores o cualquier fuente independiente que pueda corregirlo. La verificación deja de ser un recurso común y se presenta como parte de una conspiración.

Cuando esas tres piezas se combinan, la conversación pública cambia. Ya no se discute solo qué ocurrió. Se discute si todavía es posible saber qué ocurrió sin someterse a la narrativa del poder.

Gaslighting político no es simplemente mentir

Mentir es afirmar algo falso con intención de engañar. El gaslighting puede incluir mentiras, pero añade otra capa: busca que el receptor dude de su propio juicio.

Imaginemos que un funcionario dice que una obra pública fue terminada, aunque todavía no lo fue. Eso puede ser una mentira. Si luego se publican fotos, informes y testimonios que muestran la obra inconclusa, y el funcionario corrige o cambia de tema, seguimos ante una mentira o una evasión.

El caso se acerca más al gaslighting político si la respuesta se vuelve sistemática: las fotos son “montajes”; los vecinos “no entienden”; los periodistas “odian al país”; los informes “son parte de una operación”; y quien recuerda promesas anteriores “está inventando una realidad”. La manipulación no solo niega el hecho. Intenta aislar al ciudadano de los medios normales para comprobarlo.

La diferencia puede resumirse así: mentir es decir “esto es falso aunque sea verdadero”; hacer gaslighting es añadir “y si tú ves lo contrario, el problema está en tu percepción”.

Diferencia con propaganda, desinformación y spin

El gaslighting político se solapa con otros fenómenos, pero no debe confundirse con ellos.

La propaganda política busca moldear creencias, emociones o conductas mediante símbolos, repetición, selección de hechos y encuadres favorables. Puede usar verdades, medias verdades o mentiras. Su objetivo principal es adhesión: que el público apoye una causa, rechace a un adversario o acepte una interpretación.

El gaslighting político puede usar propaganda, pero su efecto específico es otro. No solo intenta que adoptes una versión; intenta que desconfíes de tu capacidad para evaluar versiones alternativas.

La desinformación política se define por el uso deliberado de información falsa o engañosa para influir en percepciones, decisiones o confianza pública. Una noticia falsa, una cita fabricada o una imagen sacada de contexto pueden ser desinformación aunque no haya gaslighting.

La desinformación se aproxima al gaslighting cuando se integra en un patrón de invalidación: negar evidencias acumuladas, acusar de irracionales a quienes verifican y presentar toda fuente independiente como enemiga.

El spin es un reencuadre interesado. Un gobierno puede presentar una mala cifra económica como “desaceleración transitoria”; una campaña puede llamar “ajuste responsable” a un recorte impopular; una oposición puede presentar cualquier error menor como “colapso total”. Eso puede ser sesgado o manipulador, pero no necesariamente gaslighting. El spin dice: “mira esto desde mi ángulo”. El gaslighting dice: “si ves otra cosa, tu juicio está dañado”.

También hay manipulación política sin gaslighting. La demagogia, la falsa dicotomía, el chivo expiatorio o la apelación emocional pueden empobrecer el debate sin llegar a erosionar la confianza básica del público en su percepción de hechos.

Cómo aparece en la esfera pública

El gaslighting político rara vez aparece como una frase aislada. Suele operar como secuencia.

Primero ocurre un hecho incómodo: una promesa incumplida, una cifra negativa, una contradicción documentada, un abuso institucional, una crisis visible o una decisión que el poder preferiría ocultar.

Luego viene la negación: “eso no pasó”, “no dijimos eso”, “las cifras no significan lo que ustedes creen”, “no hay evidencia”, aunque la evidencia exista y sea accesible.

Después aparece el ataque al observador: quien insiste es presentado como ingenuo, enfermo de odio, enemigo interno, víctima de manipulación extranjera, fanático, alarmista o incapaz de comprender la verdad.

Finalmente se ataca el sistema de contraste: medios, estadísticas, jueces, organismos técnicos, universidades, organizaciones civiles o archivos públicos son desacreditados en bloque. No se corrige un error puntual de una fuente; se intenta que ninguna fuente externa parezca confiable.

Un ejemplo hipotético ayuda. Supongamos que una autoridad anuncia que no hubo escasez de un medicamento, aunque hospitales, pacientes, registros de compra y farmacias muestran lo contrario. Si la autoridad presenta datos alternativos y acepta revisión, hay debate factual. Si manipula cifras, puede haber desinformación. Pero si además acusa a pacientes de exagerar, a médicos de conspirar, a periodistas de inventar sufrimiento y a toda estadística independiente de ser una operación política, el patrón se acerca al gaslighting político.

El punto no es probar que cada caso sea puro. En la vida pública los fenómenos se mezclan. El valor del concepto está en identificar cuándo la disputa deja de ser una pelea por interpretación y se convierte en un intento de destruir los criterios compartidos para juzgar.

Un test práctico para usar bien el concepto

Antes de llamar gaslighting político a una conducta, conviene hacer algunas preguntas:

Si la respuesta fuerte aparece solo en la última pregunta, probablemente no conviene hablar de gaslighting. Tal vez estamos ante mentira, propaganda, cinismo, desinformación o manipulación ordinaria. Esas categorías ya son graves. No necesitan ser infladas.

Si, en cambio, las respuestas apuntan a negación persistente, invalidación del observador y ataque al ecosistema de verificación, el término puede ser útil.

Por qué importa para una sociedad libre

La relevancia cívica del gaslighting político no está en dramatizar cada disputa pública. Está en proteger las condiciones mínimas de una deliberación abierta.

Una sociedad libre necesita desacuerdo. Necesita crítica, prensa incómoda, oposición, sátira, pluralismo, errores corregibles y discusiones fuertes sobre valores. Pero también necesita una base mínima de realidad compartida: documentos que puedan consultarse, cifras que puedan auditarse, autoridades que deban justificar sus actos y ciudadanos que no sean tratados como incapaces por preguntar.

Desde una perspectiva liberal clásica, el problema central es el poder sin rendición de cuentas. Cuando quienes gobiernan o aspiran a gobernar no solo defienden su versión, sino que intentan debilitar la confianza pública en toda fuente independiente, la libertad queda en peor posición. Sin criterios externos de verificación, el ciudadano depende más de la voz del poder y menos de su propio juicio.

Por eso importan instituciones como la prensa libre, la transparencia, la separación de poderes, el acceso a información pública, la independencia judicial, la sociedad civil y el Estado de derecho. No eliminan la manipulación, pero reducen la capacidad de un actor para monopolizar la realidad pública.

También importan los límites del poder político. Un poder limitado encuentra más resistencia cuando intenta negar hechos, intimidar verificadores o castigar preguntas. Un poder concentrado tiene más facilidad para convertir su relato en obligación social.

Conclusión

El gaslighting político no es cualquier mentira ni cualquier propaganda. Es un patrón más específico: negar o reencuadrar hechos claros, desacreditar a quienes los perciben y debilitar las fuentes que permiten comprobarlos.

Usar bien el término ayuda a pensar mejor. Permite denunciar una manipulación real sin convertir todo desacuerdo en patología ni todo adversario en abusador. También recuerda una idea básica de la vida cívica: la libertad política no depende solo de votar o hablar, sino de poder contrastar la realidad sin que el poder nos exija desconfiar de nuestro propio juicio.

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