Fundamentos

Bimonetarismo: qué es y cómo funciona

Por Daniel Sardá · Publicado el

8 min de lectura1.583 palabras

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El bimonetarismo aparece cuando dos monedas tienen un uso relevante en una economía, aunque no cumplan las mismas funciones ni compartan el mismo estatus legal.

Una familia recibe sus ingresos y paga el supermercado en moneda local, pero calcula el precio de una vivienda y conserva parte de sus ahorros en dólares. En esa economía circulan dos referencias monetarias, aunque no se utilicen de la misma manera. Esa división de tareas es la clave para entender el bimonetarismo.

El término describe la coexistencia relevante de dos monedas dentro de una economía. No exige que ambas sean de curso legal ni que se acepten por igual en todas las transacciones. Tampoco identifica un régimen jurídico único: puede surgir por decisiones privadas, por normas oficiales o por una combinación de ambas.

Por eso, contar cuántas monedas aparecen en una billetera no basta. La pregunta útil es otra: ¿qué función cumple cada una?

Idea clave: Una economía puede ser bimonetaria aunque la segunda moneda no compre el café diario: basta con que tenga un papel relevante en el ahorro, los precios, los contratos o el crédito.

Cómo se reparten las funciones del dinero

El dinero suele analizarse a partir de tres funciones. Sirve como medio de intercambio, cuando se entrega para comprar bienes y servicios; como unidad de cuenta, cuando permite expresar y comparar precios; y como reserva de valor, cuando traslada poder adquisitivo hacia el futuro.

En una economía con una sola moneda estable, las tres funciones suelen concentrarse en ella. En un sistema bimonetario pueden separarse. La moneda local quizá domine los salarios, los impuestos y las compras cotidianas, mientras una divisa se utiliza para ahorrar o para fijar contratos de largo plazo. El reparto no tiene que ser completo ni permanente: cambia según el tipo de operación, las reglas y las expectativas.

Imaginemos una pequeña empresa que lleva su contabilidad y cobra a clientes locales en pesos, pero cotiza una máquina importada en dólares. Para sus operaciones diarias, el peso funciona como medio de pago y unidad de cuenta. Para evaluar una inversión que depende del exterior, el dólar se vuelve la referencia. Dos monedas intervienen en decisiones diferentes sin ocupar exactamente el mismo lugar.

Esta mirada funcional evita una confusión frecuente. Tener ahorros en divisas no significa, por sí solo, que toda la economía esté dolarizada. Pero si la moneda extranjera adquiere un papel extendido y persistente en depósitos, contratos, precios o pagos, sí existe una forma relevante de sustitución monetaria.

Dos ejes distintos: las reglas y la intensidad de uso

No todo bimonetarismo funciona igual. Conviene ordenarlo con dos preguntas independientes.

La primera es qué reconocimiento jurídico tiene la segunda moneda:

La segunda pregunta es hasta dónde llega el uso. Puede ser parcial y concentrarse en el ahorro, ciertos bienes o contratos. O puede ser amplio y abarcar precios, depósitos, crédito y una porción importante de las compras diarias.

Estos ejes no deben mezclarse. Una moneda puede estar legalmente admitida y, aun así, usarse poco. También puede carecer de curso legal y desempeñar un papel económico muy amplio. El curso legal establece cómo trata el ordenamiento a una moneda; el uso efectivo depende de qué aceptan y prefieren las personas, además de las restricciones que enfrentan.

Distinción útil: “De facto o de jure” describe el estatus institucional. “Parcial o amplio” describe la extensión del uso. No son sinónimos.

Bimonetarismo no es lo mismo que dolarización

Aunque los términos suelen aparecer juntos, describen situaciones diferentes.

El bimonetarismo es la categoría más amplia: dos monedas cumplen funciones relevantes, con distintos grados de reconocimiento y uso. La segunda moneda puede ser el dólar, el euro u otra divisa.

La dolarización parcial es una modalidad específica. El dólar ocupa algunas funciones mientras la moneda local continúa existiendo y utilizándose. En cambio, en la dolarización plena el dólar sustituye oficialmente a la moneda nacional como medio legal predominante o exclusivo. Por tanto, no toda economía bimonetaria está encaminada necesariamente hacia una dolarización plena.

La convertibilidad tampoco equivale al bimonetarismo. Es una regla que permite canjear la moneda local por otra moneda bajo una tasa o unas condiciones determinadas. Puede facilitar la convivencia de dos monedas, pero el concepto se refiere al compromiso de conversión, no a cómo se reparten en la práctica las funciones del dinero.

La competencia de monedas supone que los usuarios pueden elegir entre alternativas monetarias. Un entorno bimonetario puede ampliar esa elección, pero la mera coexistencia no garantiza una competencia libre. Los impuestos, los controles cambiarios, las reglas bancarias y las normas de curso legal pueden favorecer o restringir una opción.

Por último, el bimetalismo vincula un sistema monetario con dos metales, tradicionalmente oro y plata. El monetarismo es una corriente de pensamiento macroeconómico que destaca el papel de la oferta monetaria. Ninguno de los dos conceptos es sinónimo de bimonetarismo.

Por qué surge una economía bimonetaria

No existe una causa única. La inflación elevada y la devaluación monetaria pueden impulsar a hogares y empresas a buscar una reserva de valor alternativa. Si la moneda local pierde poder adquisitivo con rapidez o de manera imprevisible, una divisa puede parecer más apropiada para ahorrar o pactar pagos futuros.

Pero la inflación no explica todos los casos ni toda su persistencia. También influyen la historia de los contratos, la integración comercial y financiera, la disponibilidad de instrumentos bancarios, las remesas, la cercanía con otra economía y las regulaciones. Una práctica adquirida puede mantenerse incluso después de que la estabilidad mejore: cambiar contratos, hábitos de cálculo y preferencias de ahorro lleva tiempo.

La confianza también importa, pero no debe tratarse como una emoción aislada. Se construye —o se deteriora— mediante experiencias concretas: estabilidad de precios, respeto de contratos, acceso a los depósitos, previsibilidad fiscal y monetaria, y límites al uso discrecional del poder público.

Argentina ofrece un ejemplo conocido de división funcional: el peso puede dominar los pagos ordinarios, mientras el dólar sirve como referencia para parte del ahorro y ciertos contratos. El interés del caso no reside en presentarlo como modelo universal, sino en mostrar que las funciones monetarias pueden separarse durante largos períodos.

Qué opciones abre y qué costos puede crear

Desde una perspectiva de libertad contractual, disponer de dos monedas puede ampliar el margen de elección. Una persona puede proteger parte de su ahorro en una unidad que considera más estable; una empresa puede pactar en la moneda vinculada a sus costos; y las partes pueden distribuir ciertos riesgos mediante contratos voluntarios.

Esa posibilidad, sin embargo, no elimina los costos de coordinación. Comparar precios en dos unidades, convertir saldos y anticipar variaciones del tipo de cambio exige información. Comercios y consumidores pueden enfrentar comisiones o diferencias entre precios de compra y venta. Además, no todos acceden con la misma facilidad a divisas, cuentas o mecanismos de cobertura.

El riesgo más visible aparece con el descalce de moneda. Supongamos que un hogar cobra en moneda local, pero contrae una deuda en dólares. Si la moneda local se deprecia, necesitará una porción mayor de sus ingresos para pagar la misma cuota en dólares. La deuda no cambió en su moneda de origen; cambió su peso sobre los ingresos del deudor. Una empresa con ventas locales y préstamos en divisas enfrenta un problema semejante.

Advertencia: Elegir una moneda más estable para ahorrar no vuelve prudente cualquier deuda en esa moneda. La moneda de los ingresos importa tanto como la moneda del préstamo.

El bimonetarismo también condiciona la política económica. Cuando una parte considerable del ahorro, el crédito o los contratos está denominada en moneda extranjera, las decisiones del banco central sobre la moneda local llegan de forma desigual a la economía. Una depreciación puede ayudar a ciertos sectores exportadores, pero deteriorar los balances de quienes deben en divisas. El resultado depende de la profundidad del uso, de la estructura financiera y de las reglas vigentes; no cabe resumirlo con la afirmación absoluta de que dos monedas “disciplinan” al Estado o anulan toda política monetaria.

Cómo reconocer el bimonetarismo en la práctica

Para diagnosticar una economía no basta con preguntar si se aceptan dólares en algunos comercios. Conviene observar una secuencia más completa:

1. ¿En qué moneda se expresan los precios y se llevan las cuentas? 2. ¿Cuál se usa en pagos cotidianos y cuál en operaciones grandes? 3. ¿Dónde se guardan los ahorros y se denominan los depósitos? 4. ¿En qué moneda se pactan alquileres, créditos y contratos de largo plazo? 5. ¿Qué moneda reconoce la ley y qué restricciones pesan sobre cada alternativa?

Las respuestas pueden revelar una coexistencia limitada al ahorro, una dolarización financiera, un uso transaccional amplio o un régimen formal con dos monedas admitidas. “Bimonetarismo” nombra el fenómeno general; el diagnóstico preciso exige especificar sus funciones, su amplitud y sus reglas.

Regla práctica: Para identificar el bimonetarismo, mire menos el nombre del régimen y más la moneda en que las personas cobran, pagan, calculan, ahorran y se endeudan.

Esa distinción permite evaluar el fenómeno sin convertirlo de antemano en una receta política. La elección monetaria puede revelar preferencias legítimas y ofrecer protección frente a ciertos riesgos. También puede trasladar riesgos cambiarios, elevar costos y operar dentro de reglas que no tratan a ambas monedas por igual. Entender quién usa cada moneda, para qué y bajo qué condiciones es más esclarecedor que afirmar simplemente que “circulan dos monedas”.

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