Análisis

Cuba, Che Guevara, UMAP, fusilamientos y debido proceso

Por Daniel Sardá · 22 de abril de 2026

La figura de Che Guevara conviene separarla en dos planos distintos, aunque conectados. Por un lado, está su papel directo y documentado en la violencia revolucionaria temprana de Cuba, incluida su autoridad en La Cabaña y su relación con ejecuciones. Por otro, está su inserción en una cultura política revolucionaria que vinculó trabajo, disciplina, reeducación y ciudadanía, un clima del que más tarde surgirían las UMAP. Esa distinción importa porque evita dos errores frecuentes: exagerar afirmaciones no probadas o diluir responsabilidades reales en vaguedades ideológicas.

Che Guevara: actor político-militar, no solo símbolo

Ernesto “Che” Guevara fue una figura central de la Revolución cubana, teórico de la guerrilla, alto funcionario del nuevo régimen y símbolo global de la izquierda revolucionaria. Pero para este tema interesa menos el mito que el papel efectivo. La biografía de Che Guevara en Britannica resume un dato clave: tras la entrada de las fuerzas de Fidel Castro en La Habana en enero de 1959, Guevara pasó varios meses en La Cabaña, donde supervisó ejecuciones de personas consideradas enemigas de la revolución.

Ese punto basta para fijar una base sólida: Che no fue un observador periférico ni una simple figura propagandística. Tuvo capacidad de mando y participó en un aparato revolucionario que combinó depuración política, castigo ejemplarizante y consolidación del nuevo poder.

Además, la relación de Che con la violencia no empezó en La Cabaña. La misma entrada de Britannica señala que, durante la etapa guerrillera, en ocasiones actuó como ejecutor o dio órdenes de ejecución contra sospechosos de traición o deserción. Eso es importante porque impide reducir el problema a una supuesta desviación exclusivamente “estatal” posterior a 1959. La violencia revolucionaria aparece antes y forma parte del modo en que Che entendía el conflicto político y militar.

La Cabaña y los fusilamientos: qué sí puede afirmarse

La afirmación más sólida y difícil de refutar es esta: Che Guevara tuvo un papel de autoridad en La Cabaña y supervisó ejecuciones allí. La biografía de Britannica lo dice de forma expresa. Esto permite sostener tres cosas sin necesidad de inflar el argumento:

La lógica usada para justificar esas ejecuciones era, en esencia, revolucionaria: castigar a responsables de crímenes de la dictadura de Batista, consolidar el nuevo régimen, impedir la contrarrevolución y enviar una señal de fuerza. El problema histórico y jurídico no está solo en si existieron o no órganos de juzgamiento, sino en qué garantías reales ofrecían esos procedimientos.

Tribunales revolucionarios y debido proceso

Para hablar de esto con seriedad, la fuente más útil es el informe de la International Commission of Jurists, Cuba and the Rule of Law (1962). Ese documento analiza legislación, tribunales, prisiones y funcionamiento del sistema revolucionario temprano, y describe un panorama de graves déficits en independencia judicial, legalidad, garantías procesales y protección frente al poder político.

La formulación más prudente y sólida no es decir que “todo fue una farsa” sin más, sino algo más preciso:

la revolución sí estableció órganos de juzgamiento, pero la evidencia contemporánea recogida por la International Commission of Jurists describe un sistema con graves déficits de independencia y debido proceso.

Ese informe muestra, entre otras cosas:

Por eso, cuando se habla de fusilamientos revolucionarios, la cuestión relevante no es solo si hubo “tribunales”, sino qué tipo de justicia eran capaces de ofrecer esos tribunales y bajo qué margen real de autonomía operaban. Esa es precisamente la clase de problema que una tradición centrada en el Estado de derecho y la seguridad jurídica intenta evitar.

La frase “me gusta matar”: qué puede decirse y qué no

Aquí conviene ser muy preciso. Circulan desde hace años distintas versiones de una frase atribuida a Che Guevara del tipo “descubrí que realmente me gusta matar” o formulaciones parecidas, supuestamente ligadas a correspondencia privada o recuerdos de campaña.

El problema es de trazabilidad documental. En esta investigación no aparece una edición crítica primaria o un facsímil indiscutible que permita tratar esa frase como una cita totalmente blindada. Eso no demuestra que sea falsa, pero sí obliga a ser prudente.

La mejor forma de presentarlo en un artículo serio es esta:

Existen citas muy difundidas atribuidas al Che sobre el placer de matar, pero su trazabilidad primaria es más débil que la evidencia disponible sobre su participación real y documentada en ejecuciones.

Eso protege el texto de un error frecuente: apoyar la crítica principal en frases llamativas cuya base documental es más frágil que los hechos ya suficientemente acreditados.

Qué fueron las UMAP

Las UMAPUnidades Militares de Ayuda a la Producción— fueron campamentos de trabajo forzado agrícola operados por el Estado cubano en Camagüey entre 1965 y 1968. Una introducción breve del Oxford Research Encyclopedia las describe como compuestos militarizados y campos de trabajo destinados a reformar a quienes no encajaban en el ideal revolucionario. En la misma línea, un estudio de Tahbaz publicado por la University of Delaware las define como campos de trabajo agrícola forzado operados bajo cobertura del servicio militar obligatorio.

Los grupos afectados incluyeron, entre otros:

Ese dato es importante porque evita un encuadre demasiado estrecho. Las UMAP no fueron solo una institución de represión contra homosexuales, aunque esa dimensión sea una de las más infames y visibles. Su lógica fue más amplia: trabajo forzado, disciplinamiento moral, castigo político y producción económica.

Qué lógica había detrás de las UMAP

La historiografía reciente permite describir las UMAP no como un accidente aislado, sino como la radicalización de una lógica ya presente en la revolución temprana. En el capítulo “The Elasticity of Truth” del libro *Laboring for the State*, Rachel Hynson muestra que estos campamentos se construyeron sobre una base previa de granjas de trabajo forzado y sobre una idea cada vez más fuerte: que el trabajo físico y disciplinado era parte de la construcción del ciudadano revolucionario.

Hynson también subraya un elemento jurídico crucial: la Ley 993 de 1961 permitió actuar contra personas consideradas peligrosas o antisociales sin las garantías robustas de un debido proceso. Esa conexión entre legislación, sospecha política y castigo laboral ayuda a entender que las UMAP no surgieron de la nada. Fueron la consolidación de una forma de pensar el orden social. Y esa forma de pensar también encaja con una lógica donde el proyecto colectivo reclama prioridad sobre la persona concreta, un problema más amplio que puede leerse en clave de individualismo y colectivismo.

La fórmula más clara para resumirlo es esta:

Las UMAP combinaron función económica, castigo político y disciplinamiento moral.

Qué relación tuvo Che con las UMAP

Este es uno de los puntos más delicados y donde más fácil es exagerar. No conviene afirmar sin matiz que Che “creó” las UMAP o que las dirigió directamente. La cronología complica esa afirmación: las UMAP funcionaron sobre todo entre 1965 y 1968, y para entonces Che ya no ocupaba un papel interno central en la administración cubana.

Lo que sí puede sostenerse con prudencia es otra cosa. Primero, Che formó parte de una cultura revolucionaria que vinculaba trabajo, disciplina y ciudadanía. Segundo, el capítulo de Rachel Hynson en Cambridge muestra que tanto Fidel Castro como Che Guevara negaron entre 1962 y 1964 la existencia del rumoreado campamento de Guanahacabibes, considerado por contemporáneos un precursor de las UMAP. Tercero, la represión laboral temprana y extrajudicial de “antisociales” y “desviados” creó un entorno del que las UMAP fueron una prolongación más institucionalizada.

La formulación prudente sería esta:

Che no aparece aquí como administrador directo de las UMAP, pero sí como parte del marco ideológico y político que legitimó la reeducación por trabajo y la negación oficial de campamentos precursores.

Guanahacabibes y los precedentes

El episodio de Guanahacabibes importa precisamente porque empuja la historia hacia atrás. Permite ver que las UMAP no fueron un invento repentino de mediados de los sesenta, sino la radicalización de prácticas anteriores. El mismo capítulo de Rachel Hynson muestra que, entre 1962 y 1964, Fidel y Che negaron públicamente la existencia del campamento rumoreado en Guanahacabibes y sostuvieron otra versión oficial.

Eso es muy útil para el artículo porque permite afirmar algo importante sin exagerar:

Las UMAP no surgieron de la nada; fueron la radicalización de mecanismos de reeducación, trabajo forzado y control social ya presentes en la revolución temprana.

Homosexualidad y revolución

Sí hay base suficiente para afirmar que los homosexuales sufrieron discriminación, hostilidad y represión durante las primeras décadas de la revolución. Un artículo de *Latin American Research Review* sobre organización, trabajo y revolución en Cuba lo dice de forma explícita y presenta las UMAP como la institución más infame de ese proceso.

Esa persecución no fue solo jurídica. También fue simbólica, social y cultural. Afectó la posibilidad misma de ser considerado un sujeto plenamente legítimo dentro del ideal revolucionario de masculinidad, trabajo, disciplina y utilidad social.

Por eso conviene formularlo así: la represión a homosexuales no se reduce a las UMAP, pero las UMAP fueron una de sus expresiones más brutales y visibles.

Fidel Castro y la admisión tardía de responsabilidad

Un dato importante para cerrar esta parte es que Fidel Castro asumió tardíamente responsabilidad política por la persecución de homosexuales en los años sesenta. En 2010, Reuters informó que Fidel calificó esa persecución como una “great injustice” y declaró que, si alguien era responsable, era él. La entrevista también fue recogida por *La Jornada*, donde aparece esa admisión en español.

Ese reconocimiento no borra lo ocurrido ni cambia el carácter coercitivo del sistema, pero sí es relevante porque:

Núremberg, tribunales revolucionarios cubanos y debido proceso

La comparación con Núremberg exige cuidado. No conviene igualar contextos distintos ni caer en propaganda inversa. Lo más serio es comparar garantías procesales.

El Artículo 16 del Estatuto del Tribunal Militar Internacional de Núremberg establecía garantías expresas para asegurar un juicio justo: detalle de cargos, traducción para el acusado, derecho a defensa, derecho a prueba y posibilidad de contrainterrogar testigos. El propio registro del juicio conservado por Yale Avalon muestra la importancia atribuida al contrainterrogatorio y a la defensa técnica.

Además, cuando en Cuba se celebraban juicios revolucionarios, ya existían estándares internacionales básicos. La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 protegía en sus artículos 10 y 11 el derecho a ser oído públicamente por un tribunal independiente e imparcial y la presunción de inocencia. A su vez, el artículo 3 común de los Convenios de Ginebra de 1949 prohibía condenas y ejecuciones sin juicio previo ante un tribunal regularmente constituido y con garantías judiciales indispensables.

Frente a eso, la evidencia del informe *Cuba and the Rule of Law* de la ICJ describe un sistema judicial altamente politizado, con garantías severamente cuestionadas y subordinado a la lógica revolucionaria.

La conclusión comparativa más prudente sería esta:

Núremberg fue criticable en varios sentidos y se desarrolló bajo condiciones excepcionales, pero su marco procesal formal incluía garantías explícitas de juicio justo que no aparecen con la misma claridad ni fortaleza en los tribunales revolucionarios cubanos descritos por la International Commission of Jurists.

Qué sí conviene afirmar y qué no

A estas alturas, el balance más serio es bastante claro.

Sí conviene afirmar

No conviene afirmar sin matiz

Conclusión

La clave de este tema no está en convertir a Che Guevara en una caricatura ni en diluir su responsabilidad en el mito revolucionario. Lo importante es ver algo más preciso: Che tuvo un papel real en la violencia revolucionaria temprana, incluida La Cabaña y las ejecuciones; la revolución cubana articuló trabajo, disciplina y ciudadanía de forma coercitiva; las UMAP fueron una expresión extrema de esa lógica; y el problema no fue solo simbólico o moral, sino también jurídico e institucional.

El punto de fondo, entonces, no es solo si la revolución castigó a ciertos enemigos o marginados, sino cómo lo hizo: con qué idea de ciudadanía, con qué relación entre trabajo y obediencia, y con qué nivel de respeto —o de desprecio— por las garantías básicas del debido proceso.